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El bosque seco de Cerro Colorado se recupera y resiste a los incendios

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Los 90 kilómetros permitidos en la autopista Narcisa de Jesús no ayudan a apreciar el paisaje. El paso fugaz de los vehículos deja una sensación de maleza reseca, que brota de la tierra cobriza que forma las lomas aledañas.

Esta vía rápida se abre como una arteria de cemento y asfalto en medio del Cerro Colorado, uno de los últimos remanentes de bosque seco tropical del norte de Guayaquil.

Un estudio de suelo revela que surgió hace 135 millones de años a.C. (en la formación Piñón). Ahí, en 1994, encontraron vestigios de la Cultura Milagro -cuencos y cuerpos en vasijas-, como resume un informe del Ministerio del Ambiente (MAE).

Cerro Colorado tiene 345,69 hectáreas. Es el hábitat de 192 especies de plantas y 108 de animales, varios de ellos vulnerables.

Desde una de sus cumbres, donde se asienta del Jardín Botánico de Guayaquil, se observa su follaje amarillento por el calor veraniego. Hace 10 años, el biólogo James Pérez, director del Jardín, recuerda que parte de ese bosque fue ocupado por ganadería. Pero esa no era la única amenaza. En el 2005, el Cerro Colorado fue declarado bosque protector para defenderlo de la voraz expansión urbana.

Su territorio está limitado por una realidad contrastante: una mezcla de modernas urbanizaciones y casitas de caña que aferran sus bases a las entrañas del cerro. En sus linderos viven unas 8 000 personas -según estudios del Municipio- en ciudadelas y asentamientos populares como Valle de los Geranios, El Maestro, Las Orquídeas, Metrópolis… Y aunque la Declaratoria frenó la reducción de su espacio, el peligro no pasa. Los incendios forestales mantienen el riesgo.

En diciembre del 2011, el 60 % de su superficie fue afectada por el fuego, que duró cinco días. Al menos 20 años de historia natural se perdieron entonces. Otro más reciente fue en agosto, 9,5 hectáreas de matorral se perdieron. Fernando Ayala, jefe de la División Forestal del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil, asegura que un 90% de estos incidentes son causados por el hombre, por la quema de basura o monte. “El daño es irreparable. La última vez encontramos aves, roedores, culebras y nidos quemados.

Dos días después vimos aves rondando los alrededores, buscando a sus crías”. Como plan preventivo, los bomberos humedecen dos veces por semana el límite entre el bosque y las zonas urbanas. Rocían litros de agua para que la vegetación crezca y así evitar que el fuego se expanda con facilidad.

Con técnicas similares, 40 voluntarios de esta división son los centinelas de otras zonas naturales de Guayaquil en constante amenaza como los cerros El Paraíso, San Eduardo, Cerro Azul, Cerro Blanco y la cordillera Chongón-Colonche. En total, la ciudad cuenta con 10 áreas naturales. Para la bióloga Nancy Hilgert, consultora ambiental, la mano del hombre ha sido responsable de la continua reducción de los bosques secos en Ecuador.

“En el año 1938 se conservaba un 80% de estos bosques, entre secos y húmedos, en todo el país. Actualmente conservamos solo el 4% de esos espacios”. Pero remanentes como el Cerro Colorado se resisten a desaparecer, pues en ellos se conserva una riqueza natural invalorable. Lo que a simple vista aparenta ser una masa de árboles marchitos y resecos acoge a una parte importante de la biodiversidad de la Costa.

Membrillo, cascol, beldaco, guasmo, laurel, amarillo, guayacán, ceibo, pigío, bototillo son algunas especies de árboles. Otras como el palo de sandía y el platanillo están en la lista de especies amenazadas de la Unión para la Conservación de la Naturaleza (UICN), un organismo internacional. Entre estas raíces y ramas tostadas por el clima caluroso habitan desde la boa constrictor hasta la ardilla de Guayaquil.

También revolotean aves como el perico cachetigris, el caretirrojo, del Pacífico, loras frentirrojas, la pacharaca y los mirlos, como enumera Hilgert. La reforestación es parte del plan para recuperar este ecosistema. La semana pasada, la empresa LAN y el Municipio de Guayaquil dedicaron un día a la siembra de 400 pequeñas plantas de pigío y guayacán.

Con sus manos, un grupo de trabajadores amasó la tierra húmeda para colocar las plántulas. Marco Jiménez, encargado del Monitoreo Ambiental del Cabildo, calcula que en siete años esa zona del Cerro Colorado reverdecerá. “El guayacán después de cinco años alcanza 10 metros de altura; el pigío alcanzará unos 20 metros dentro de siete años”.

El Ministerio del Ambiente dirige un plan más amplio de reforestación. Desde septiembre del 2010, 264,52 ha del bosque fueron incorporadas al Área Nacional de Recreación Los Samanes, donde se construye el parque más grande del país.

La zona es administrada por la Empresa Pública de Parques Urbanos. Tras el incendio del 2011 han sembrado 4 000 plantas.

Y a partir del 2016, una vez que el bosque esté regenerado, introducirán especies como perezosos y cuchuchos. Por ahora la alerta sigue. El domingo anterior se quemaron 2 hectáreas más de maleza.

Fuente: www.elcomercio.com